13 de julio de 2024

Munro – Argentina

Gabriela Parodi, la primera mujer del rock argentino, habla de su autobiografía

Fue la pionera en publicar un disco y en tocar en escenarios como BA Rock y el Acusticazo. «Hay mil versiones de mi persona. En este libro, sentí que podía contar la verdad y aclarar todo», asegura.

Tocó con León Gieco, David Lebón, Oscar Moro, Gustavo Santaolalla, Pedro Aznar, Dino Saluzzi, Alex Acuña, Bill Frisell y David Lindley, entre muchos otros. Vivió en Rauch (Provincia de Buenos Aires), Lisboa, Ankara, Dublín, Río de Janeiro, en París durante el año 1968, en Los Ángeles. Fue azafata, trabajadora en una fábrica de camisas en California, vendedora ambulante, empleada de limpieza, administrativa, traductora, intérprete para pacientes latinos en una clínica psiquiátrica en los Estados Unidos. Y es música, claro: la primera mujer del rock en la Argentina. Las vidas de Gabriela Parodi fueron mil y cada una de ellas está retratada en la autobiografía que acaba de publicar a través de Marea Editorial. “Lo vi de esta manera: voy a dejar registro de mi paso por esta tierra. Es un libro largo porque tengo una vida larga. Pero me parece que todos somos como novelas andantes. Y todos deberíamos escribir nuestras memorias para las próximas civilizaciones que vengan. Hay mil versiones de mi persona. En este libro, sentí que podía contar la verdad y aclarar todo, lo cual me hizo mucho bien porque ahora siento que soy una con quien soy. Y no una entre todas las que se cuentan de mí”. La artista atiende a Página/12 por zoom, desde su casa en la Ciudad de Buenos Aires, donde reside desde 1992.

“Mi nombre es Gabriela. Atravesé mi vida con demasiados apellidos, obstáculos y explicaciones constantes cada vez que me tocaba hacer algún trámite. Parodi, Parodi Cantilo, Parodi Quesada, Molinari, Marrone. Apellidos de padres, madres, abuelas, maridos (…) Cuando grabé mi primer disco y me preguntaron qué nombre artístico deseaba usar, sin dudar un segundo dije: ‘Gabriela’”, relata al comienzo del capítulo dedicado a su primer álbum. Gabriela fue grabado y editado en 1972. La banda que la acompañó fue: Edelmiro Molinari -su marido en ese momento- en guitarra, David Lebón en bajo y Oscar Moro en batería. Ese mismo año, tocó en el BA Rock y en el Acusticazo. La única mujer sobre esos escenarios.

En 1974, la situación en la Argentina se le tornó insostenible y, con el envión que le generó la exitosa respuesta a su primer disco, emigró junto a Molinari a los Estados Unidos. Tras meses de intentarlo infructuosamente allí en la industria de la música, Gabriela, sin dinero ni permiso para trabajar, comenzó su experiencia de ilegal-en-USA como Ina Hammoudi, nombre que figuraba en la tarjeta de seguridad social trucha que consiguió y con la que accedió a un puesto entre otros inmigrantes en una fábrica textil. Su vida se transformó en la de Ina y su carrera artística se puso en pausa: “Siento que ahí conocí el lado oscuro de la vida, lo cual fue un aprendizaje enorme para mí, porque no era todo luz, escenarios, había otro lugar, que yo no había tenido la oportunidad de conocer. Y en ese lugar no había espacio para hacer el tipo de música que es el que  hago, que es toda relacionada con la naturaleza, con cosas bellas, porque estaba viendo mucho dolor. No es que no quisiera conectarme con el dolor: estaba conectada sí o sí: gente muy pobre, que quería una vida mejor y quizá no lo estaba logrando. Hubo una gran enseñanza para mí en eso: aprendí a ser mucho más empática con todos, pero sobre todo con la gente más desposeída”, recuerda la cantante, que hasta ese momento había vivido una vida más holgada, digna de la hija de diplomático que era.

Muchos años pasaron hasta que Gabriela volvió a sacar un disco. En el medio fue madre en California, consiguió un permiso de trabajo y residencia con el que pudo acceder a un trabajo de oficina que le permitió volver tener ese espacio mental que precisaba para la inspiración. En Ubalé, editado en 1981, Gabriela comenzó el viraje de su estilo hacia otro tipo de composiciones: la contundencia (y la irreverencia) zeppeliniana de “Voy a dejar esta casa papá”, incluída en Gabriela, fue progresivamente reemplazada por un espíritu musical ingrávido, casi espectral. Los siguientes discos de Gabriela son como las exhalaciones de esa extensa meditación que es la vida. Sus canciones están hechas de paisajes, sabores, texturas, colores y de una calidez casi uterina: “Lo mío fue una búsqueda de paz y cada vez más paz, y eso hizo que mi música se fuera volviendo cada vez más etérea», reflexiona. «En un mundo tan convulsionado como el que vivimos -no el de ahora sino desde hace bastante tiempo-, yo quería generar un hueco desde el que pudiera sentir cierta paz y desde el que quizá pudiera aportar mi granito de arena al universo”.

El deseo es un tema que atraviesa todo el relato de Las mil vidas de Gabriela: el deseo en relación a la familia, la libertad, la independencia. En relación al proceso creativo: los momentos de avance y los de repliegue. En relación al amor y a la maternidad. En relación a la residencia: algunas veces quedándose; otras, yéndose. La sensación que queda tras la lectura de esas páginas es la de haber conocido a una mujer con un vínculo muy visceral con el presente: cada una de esas mil vidas es la confirmación de un presente absoluto. En uno de los capítulos, habla de “no correr detrás del tiempo, más bien tomarlo, acariciarlo, retenerlo” y esa construcción permanente del presente llega hasta la actualidad: “Mi tiempo es hoy. Es lo único que me queda. No sé cuánto. No lo pensaba antes, cuando era más joven, lo pienso ahora, porque me despierto todos los días y cada uno es como un regalo. Antes era una especie de tolva del deseo, que quería conseguir las cosas a toda costa y no paraba hasta que no las conseguía. Ese deseo, esa ambición, esa polenta, hoy ya se fueron. Tuve que cambiar muchas cosas por las circunstancias de la vida. Uno tiene que aceptar sus propios cambios, aunque sea difícil, porque vos tenés una imagen de vos misma y de golpe no sos más esa persona. Queda una esencia».

-Tu vínculo con la creación fue muy intermitente. A momentos muy productivos le siguieron largos períodos de silencio musical.

-El desvínculo con la creación es maravilloso. Porque yo no soy famosa. Soy prestigiosa, pero no famosa. Entonces ocurre que nunca nadie me espera: ni una discográfica ni una editorial. Y tengo todo ese tiempo en mis manos para dibujar realmente lo que quiero, sin apuros. En un momento, en lugar de verlo como lo veía antes, que me preocupaba porque nadie se interesaba por mí, empecé a verlo como una ventaja. Total no vivo de esto; nunca viví de la música porque no me daba, siempre tuve que trabajar de otras cosas. Entonces, ese desvínculo hizo que, cuando me vinculaba, lo hiciera mucho más profundamente y de verdad. Quizá pasaban años sin tener ese impulso y de golpe un día me despertaba con una melodía en la cabeza y, en lugar de seguir durmiendo, me levantaba de la cama y escribía. Así empezaron todas mis cosas. Con esa sorpresa que de repente aparece, entonces lo sigo un poco y esto no está tan mal, voy a probar esto otro y, sin darme cuenta, estoy otra vez en un proyecto, pero sin que nadie me espere.

Foto: Laura Tenembaum.

-Sos conocida como “la primera mujer del rock”. ¿Cómo te llevás con esa etiqueta?

-Pionera es una palabra muy fuerte. Cuando salió en la tapa del libro la sentía muy fuerte, decía «¡pionero fue San Martín, que cruzó los Andes!» Yo no crucé los Andes: fui una mujer que perteneció a un movimiento de rock progresivo a principios de los ’70 en la Argentina, que compuso sus propios temas, grabó un primer álbum. Y sí fui la primera. No digo que fuera la primera que cantó, debe haber habido una cantidad que cantaron antes que yo, pero que figuró… y sí. Entonces, bueno: me tengo que hacer cargo.

-¿Cómo fue ser mujer en esos comienzos del rock en la Argentina? ¿Te sentías cómoda, aceptada?

-Sí. Por eso digo que para mí es muy importante este libro porque hay mil versiones sobre mí: que los hombres me abucheaban, que yo era nada más que la mujer de Edelmiro. Y no: yo hubiera hecho lo que tenía que hacer, fuera la mujer de Edelmiro o no. Fui a ver al mánager de Almendra, que me tomó ese mismo día, antes de salir con Edelmiro. O sea que ya estaba ahí. Después, una se enamora y esa ya es otra historia. Tendría que haber figurado mucho más, eso sí, porque estuve ahí con ellos, con todas estas bandas de hombres. Y la pasamos bárbaro, no me sentía rechazada. Todavía tengo buenos recuerdos de David Lebón, de Moro, de los pibes de Vox Dei, éramos muy amigotes.

-En el libro retratás el momento de la música argentina en tu primera vuelta del exilio, en el ’86, como “una escena isleña, local, focalizada en el rock nacional”. Es una mirada cuanto menos curiosa, ya que ese rock nacional se estaba expandiendo muchísimo: Soda Stereo, Virus, Los Abuelos de la Nada, Viuda e Hijas de Roque Enroll, Sumo, para nombrar sólo algunas bandas.

-Fue muy raro volver. Es como extrañar las medialunas con café de cierto bar, y llegar después de diez años y que el bar haya cerrado. Eso fue lo que sentí: que extrañaba cosas que ya no estaban más. Porque la gente de mi generación estaba quizás un poquito asustada con ya no ser tan famosa, que vinieran otras cosas diferentes… pero yo sentí un ninguneo total. A la gente de mi generación la encontré muy amargada. Igual, no digo que ellos tuvieran la culpa: me doy cuenta de que todo lo que se vivió acá fue un electroshock, toda la época del ’76 en adelante fue muy traumática. Una con la edad va entendiendo cosas. Entendí que la gente que se quedó acá vivió una pesadilla muy oscura; entonces, ¿qué les iba a importar lo que traía yo? Estaban en otra. Yo venía con un entusiasmo de poder aportar algo a mi país y no se dio, y ahora se está dando. Fíjate lo loco que es todo.

-En tu vida fuiste muy de discutir, desde los actos, muchos estereotipos acerca de lo que debe ser y hacer una mujer. ¿Cómo vivís el momento de transformación de los últimos años, de las conquistas de derechos para las mujeres?

-En principio, lo vivo con alegría. Lo que me pasa ahora es que lo que quisiera es que haya igualdad, no que las mujeres estemos más arriba y los hombres más abajo, sino que tengamos la grandeza de decir bueno: es otra época, estamos en transición y veamos si podemos llegar a una igualdad pacífica, no guerrera. Hay hombres y hombres, y mujeres y mujeres. Que seas mujer no significa que seas una buena persona. Todo el feminismo que viví al comienzo fue en los Estados Unidos. Mi primer roce con el concepto fue por una compañera de trabajo que era muy feminista y le dije “tengo que apurarme porque tengo que volver a lavarle la ropa a mi marido”. Y ella me respondió, “¿y por qué no se la lava él?”. Una cosa tan simple, pero algo me hizo click. Y ahí empecé a ver y a tratar de modificar esas pequeñas cosas de mi cotidiano. Sin decir nada. Aprendí mucho de esas mujeres que ya estaban mucho más adelantadas que yo. Para mí, hoy el feminismo es compartir.

-¿Te sentís parte del movimiento? ¿Cuál sería tu contribución?

-Cantar, escribir. Si alguna vez siento que algo me convoca profundamente, me uno al grupo de mujeres que esté actuando para modificarlo. Por ejemplo: lo del aborto, un disparate total que ahora se prohibió en los Estados Unidos, que supuestamente es un país re adelantado. Estoy muy orgullosa de que las mujeres hayamos logrado lo que logramos acá. Hay cosas que me parece que sí, que estoy totalmente de acuerdo. Y otras que me parecen un poquito exageradas.

-¿Cuáles?

-Por ejemplo, tengo amigos hombres que me dicen que les da miedo abrazar a una mujer. Entonces digo: hay algo que está mal. Se me enciende una alarma. En algún momento esto tiene que igualarse. Estamos en una transición que es muy bienvenida, porque si no hubiera existido el movimiento feminista quedaba todo igual. Y a veces hay cosas que sólo se pueden empezar a las piñas, guerreramente, porque de otra manera no entran. Entonces está bárbaro. Antes de morirme, lo único que espero es ver que esto haya funcionado. Y que esta transición los lleve a una igualdad más pacífica.

Fuente: Página|12